Global Working Generation

Carlos de Vega
España

Aldea global

Las televisiones emitieron las imágenes en un color pastoso, lleno de grano y con un sonido imperfecto, en el que se superponían los gritos de alegría. El día en el que todos contemplamos como caía el muro de Berlín, yo era un estudiante de derecho en la pequeña ciudad española de León y el periodismo aún no había entrado en mi vida. Cuando la muralla que separaba al mundo quedó completamente pulverizada a puñetazos, de entre los escombros empezó a crecer el concepto de la “aldea global”. Por aquel entonces, entre libros de leyes, no sabía hasta que punto esa idea iba a marcar mi futuro. Tampoco era consciente de que la fantástica aventura de pasearse por la vida traspasando fronteras iba a provocar heridas que son imposibles de cicatrizar, porque la nostalgia y el desarraigo, no se curan nunca.

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La euforia del final de la Guerra Fría se tradujo en mi vida en un cambio de rumbo. El derecho era una apuesta demasiado estable, que se olvidaba de las posibilidades que ofrecía un mundo cada vez más pequeño, más accesible. Si se trataba de explorar lo que había ahí fuera y poder contarlo, la mejor opción era el periodismo. Así comenzó un viaje de destinos inesperados con el que he ido construyendo el trozo de vida que ya he recorrido. Una temporada en Wisconsin, un par de años en París, varios en Washington, Madrid y ahora en Berlín. A veces me pregunto cuál es la razón por la que los viajeros mantenemos la inquietud por conocer nuevos mundos.

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Hay algo mágico en los cambios. Son las sensaciones que incorpora cada nuevo país. Empiezan por cosas sencillas, como el color de los aeropuertos. El de Madrid es marrón, los de Estados Unidos reciben al viajero alfombrados con felpa, el de Zurich es de cristal y el de Amsterdam verde, lleno de plantas. Son la puerta de entrada de aprendizajes fantásticos sobre las diferentes formas de sonreír de la gente, los olores de los mercados, la arquitectura cambiante de las tiendas de alimentación con sus productos autóctonos, las distintas maneras de disfrutar el sol del verano en cada lugar del mundo. Esos gestos, de los que uno se va empapando, provocan la misma emoción que la de un niño abriendo un regalo. Alguien puede pensar que no hace falta vivir como un nómada para darse cuenta de estas cosas, que basta una semana de vacaciones en Nueva York para recibir todas las emociones que transmite la ciudad de los rascacielos. No es lo mismo. El visitante colecciona postales, el habitante es parte de ellas. Sólo desde dentro se pueden disfrutar los detalles.

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Cuando todo eso pasa, cuando uno empieza a vestir con los mismos colores de los que le rodean, a hablar en su lengua, a dormir las mismas horas y disfrutar de las mismas cosas los fines de semana, cuando la novedad se difumina, llega lo mejor. Entonces aparece el verdadero aventurero. Cada periodo de adaptación a un nuevo escenario es como una fase de entrenamiento de un joven Jedi. Cuantas más experiencias, más sabiduría y más compresión hacia todo lo que es diferente. Esa es una de las mejores enseñanzas para un viajero. Hay muchos mundos, muy distintos, pero todos valen la pena.

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He tenido la suerte de vivir en ciudades maravillosas. No hay mejor río que el Sena a su paso por París a los pies de Notre Dame. No existe un cementerio más bello y solemne que el de Arlington en Estados Unidos. Los parques de Nueva York o Berlín son universos únicos. Todos esos escenarios forman parte ya de mi vida y están colocados en mi memoria como recuerdos de lujo. Pero incluso durante los mejores momentos en lugares remotos, hay siempre algo que falta. Nunca he tenido claro donde echamos las raíces, si lo hacemos en la sangre, en el cerebro, en la infancia o, por supuesto, en la familia. A veces la nostalgia la despierta un olor, un sonido, una escena en la calle. Siempre está ahí, como una compañera tozuda, esperando a llamarnos la atención sobre lo que somos. Es el precio que pagamos la nueva generación de “trabajadores globales”. Es verdad que la tecnología lo ha cambiado todo. La comunicación a través de las redes sociales y la conectividad amortiguan el desarraigo. Pero no desaparece nunca. Quizás sea el precio que haya que pagar para poder explorar el mundo, quizás sea la señal que nos indica a los viajeros que, algún día, cuando llegue el momento, habrá un regreso a los orígenes.

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Carlos de Vega ha trabajado 15 años como periodista. Como miembro del equipo fundador de CNN+ en 1999, fue reportero y corresponsal politico, conductor de programas y enviado especial en Kosovo e Iraq. En 2004 fue designado Jefe de la Oficina en Estados Unidos, informó sobre el Huracán Katrina y acompañó a Obama y McCain en la campaña presidencial. En 2011 fue nombrado Gerente de Comunicaciones de PRISA TV. Más adelante se mudó a Berlín, donde actualmente es corresponsal en jefe, presentador de noticias y conduce el programa de entrevistas “Agenda” en la televisora alemana Deutsche Welle.

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